viernes, 5 de diciembre de 2014

Sol, Luna y Talia (La Primera Bella Durmiente)




Cuando Talía nació, los sabios y adivinos de la corte estudiaron los astros y advirtieron al rey, su padre, que un enorme peligro acechaba a la princesa a causa de una planta llamada Cannabis sativa. El rey prohibió la entrada en palacio de esta planta, pero una Talía adolescente que merodeaba por el bosque sintió la tentación de hilar con una rueca, con tan mala fortuna que una diminuta astilla de cáñamo se clavó bajo su uña y cayó al suelo, muerta. Su padre, que mira que se lo había avisao, desesperado, hizo lo único que un amante padre puede hacer en esas circunstancias: la hizo vestir con sus mejores galas, la hizo yacer en un lecho de terciopelo rojo recamado en oro, selló la puerta del palacio y se fue para siempre abandonándola a su suerte.



Años después pasó por allí un joven rey que iba de cacería. Su halcón entró en el palacio por una ventana y el rey le siguió, recorriendo las estancias desiertas y polvorientas hasta llegar a la cámara de Talía. Sus cabellos perfumados se derramaban sobre el terciopelo rojo hasta el suelo. No pudo resistir la visión de tanta belleza y, empujado por una oscura fuerza, la violó y después huyó a toda prisa lejos de allí. Nueve meses más tarde, una Talía dormida dio a luz a dos gemelos, el niño Sol y la niña Luna, que se arrastraron hasta sus pechos para no morir de inanición. Un día, Sol chupó el dedo de su madre con tanta fuerza que extrajo la brizna de cáñamo de su piel y Talía despertó. No veas la sorpresa que debía llevarse, dormirse virgen y despertar desvirgada y madre de gemelos.



Mientras tanto, el joven rey no podía olvidarla, así que volvió al palacio y, qué mala suerte, la encontró despierta. Talía le presentó a sus hijos, que ya me dirás cómo sabía que eran de él, y el rey decidió quedarse, hasta que de repente recordó que le había dicho a su esposa la reina que iba a por tabaco y que de eso ya hacía como dos semanas o así. Abandonó a Talía sin ningún miramiento y, con un par de cartones (de Winston) volvió al lecho de su reina, que escuchándole hablar en sueños se enteró de toda la historia. Aquél mismo amanecer la reina hizo prender a Sol y a Luna y se los entregó al cocinero para que les degollara, les cocinara y se los sirviera al rey con patatitas. Solo cuando el rey ya estaba rebañando el plato, la reina le reveló que acababa de devorar a su carne y a su sangre. La cena no le sentó muy bien.



Pero la malvada reina, no contenta con eso, ordenó prender a Talía y la condenó a la hoguera por bruja, pues había hechizado a su esposo. En su infinita maldad, se acercó a las llamas para ver más de cerca la muerte de la princesa, momento que el buen rey aprovechó para, de un empujón, lanzarla a ella a las llamas. Y así, por fin, Talía fue libre de desposarse legítimamente con su violador. Y fueron felices y comieron perdices.

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